lunes, 21 de agosto de 2017

“BADÉN Y ZIGZAG”

El amigo desde la infancia de la Villa de La Orotava; EVARISTO FUENTES MELIÁN “ESPECTADOR”, remitió entonces (2015) estas notas que tituló “BADÉN Y ZIGZAG”: “…Hay tres anécdotas que destacar en la foto de esa  antigua recta de Las Arenas, con su  badén hacia su mitad, al pasar por el barranco de Tafuriaste.
1.- Es el gustirrín que te daba en el estómago al pasar por el badén, y si pasabas con velocidad, como hacían algunos adrede, el coche separaba las ruedas del suelo y quedaba en el aire por un momento. Como en el célebre cuento del lepero…
 2.- Al final de la recta que se ve en la foto. -- en medio de los hermosos árboles perdidos de plátanos del Líbano—había  una doble curva muy cerrada, en zigzag, en la que casi nos matamos una vez, al subir de la playa de Martiánez, conduciendo un tío nuestro un pequeño coche marca francesa desaparecida (Panhard, TF 7.105),  cuando nosotros, sus sobrinos, teníamos entre 10 y 15 años. Fue que mi tío, el conductor, se encontró en la misma curva doble, en zigzag, con un enorme camión de frente bajando… ¡y casi nos la pegamos! ¡ Mi tío supo esquivarlo milagrosamente!
3.- Y otra anécdota, mucho más triste, fue poco después: En efecto, un motorista policía de tráfico-- peninsular de corta estancia en la isla como casi siempre y desconocedor por tanto del terreno y de esa carretera-- se estampó materialmente de frente, en sentido subida, en la misma curva, contra un camión que bajaba.  Murió en el acto. Hay una cruz en el lugar que recuerda ese trágico accidente…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

EL RECORDADO BAR PARADA EN SU SEGUNDA ETAPA

Fotografía que entonces (2015) remitió el amigo de la Villa de La Orotava; BERTO PÉREZ SUAREZ, sobre lo que fue el recordado Bar Parada de La Villa en su segunda etapa.
Inmueble que sustituyó al primitivo y original al final de los años cincuenta del siglo XX.
Donde se producían numerosas tertulias de todo tipo, sobre todo de futboleros. Además de la pequeña sala de juego que tenía en su interior en la parte izquierda, donde se celebraban grandes partidas de dominó.
El verdadero protagonista de la panorámica es Justiniano González, con paragua, hermano de Domingo González (agente municipal) y Ángel González (barbero – peluquero de la calle García Beltrán).
Detrás sentado vemos a los amigos; Francisco Lemus (ex funcionario del Banco Exterior, ex directivo del UD. Orotava), Miguel Hernández (de Los Cuartos, trabajaba en la gasolinera DISA, en el Calvario) y el  amigo que fue contable de la industria gasolinera de mi padre Juan Álvarez Díaz, posterior de los Hermanos “Ascanio” y colegio de San Isidro. Gran colombófilo de la Villa; José Hernández (Pepe).

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

domingo, 20 de agosto de 2017

“EL AZÚCAR Y LA OROTAVA”.



Histórica fotografía que remitió el amigo de la infancia de la Villa de La Orotava;  ISIDRO DE LEÓN DOMÍNGUEZ, correspondiente a un grabado muy curioso.
Aparece publicado en el libro "The Atlantic Islands" escrito por S. G. W. Benjamín, editado en New York en 1878.
Representa una vista de La Orotava desde la Iglesia de la Concepción, en la que se puede apreciar el edificio del Ayuntamiento en obras. 

El amigo de la Villa de La Orotava; JAVIER LIMA ESTÉVEZ. Graduado en Historia por la Universidad de la Laguna, remitió entonces (21/8/15) estas notas que tituló; “EL AZÚCAR Y LA OROTAVA”.
Publicadas en la "La Opinión de Tenerife" el jueves 20 de agosto de 2015: “…Afirmaba el investigador don Guillermo Camacho Pérez Galdós (1898-1995) en su artículo “El cultivo de la caña de azúcar y la industria azucarera en Gran Canaria (1510-1535)” que la llegada a Canarias del azúcar se produjo a partir de la iniciativa del conquistador Pedro de Vera cuando éste se encontraba en Gran Canaria, siendo traída desde Madeira, extendiéndose su cultivo por otros lugares de las islas de Tenerife y La Palma. La caña se fue cultivando en aquellos lugares que disponían de una abundante cantidad de agua, siendo un cultivo común tras el posterior reparto de datas de tierra y agua, tras la finalización de la conquista. El azúcar sería tratado en los ingenios, espacios donde se procedía a triturar la caña y obtener el azúcar, utilizando, generalmente como mano de obra, esclavos, mientras que el control de la producción de caña de azúcar sería supervisada a través de los diversos especialistas portugueses que llegaron hasta el Archipiélago, siendo de notable importancia la obra del mercader inglés Thomas Nichols, en la que se puede observar una descripción sobre los ingenios en el siglo XVI. Una información que podemos consultar a partir de la investigación publicada por el investigador Alejandro Cioranescu bajo el título “Thomas Nichols, mercader de azúcar, hispanista y hereje”.
En ese sentido, la localidad tinerfeña de La Orotava tuvo un papel importante en torno a ese dulce producto, pues se construyeron tres ingenios azucareros: el de Lope Fernández de la Guerra, vendido luego al duque de Medinasidonia; el de Tomás Justiniani, así como el de Bartolomé Benítez de Lugo, destacando éste último por tratarse del primer ingenio levantado en la isla, tal y como apunta la profesora de Historia Medieval de la ULPGC Benedicta Rivero Suárez en su obra “El azúcar en Tenerife: 1496-1550”, señalando la investigadora que el propio Bartolomé se asoció a Lope Fernández, quien fuera un destacado personaje de la conquista de Tenerife, pasando luego el ingenio al mercader genovés Doménigo Riço por un periodo de arrendamiento de seis años, tras el cual la hacienda de Bartolomé Benítez es dividida por los herederos, siendo transmitida a sus hijos.
Expone también la profesora universitaria que en 1506 Lope Fernández lograría obtener un ingenio a través de una transacción realizada con Bartolomé Benítez de Lugo, y, durante ese mismo año, Tomás Justiniani lograría el otro ingenio a partir de las tierras entregadas al mismo tras el reparto posterior a la conquista.
El investigador orotavense Antonio Luque Hernández resalta en su obra “La Orotava, Corazón de Tenerife”, la importancia que la exportación del azúcar llegaría a alcanzar en el Valle de la Orotava, pues se trataba de un producto que era exportado a diversos mercados europeos “en torno a un cultivo para el cual se habían destinado grandes extensiones de tierras útiles” de la localidad,  y cuyas dificultades relacionadas con el transporte y la competencia de otros lugares daría fin a ese ciclo económico y obligaría a buscar un nuevo cultivo de exportación: la vid…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

DON JOSEPH RODRÍGUEZ MONTENEGRO DE LEDESMA



Fotografía correspondiente a la Mansión de la calle El Agua (actual Tomás Zerolo), frente al templo parroquial de Santo Domingo de Guzmán, baptisterio del ex convento dominico de San Benito de La Villa de La Orotava, donde vivió don Joseph Rodríguez Montenegro de Ledesma, en cuyo portal se conserva en mármol el blasón de arma familiar.

El amigo de la Villa de la Orotava desde la infancia; ANTONIO LUQUE HERNÁNDEZ remitió entonces (26/09/2013) estas notas que tituló; "DON JOSEPH RODRÍGUEZ MONTENEGRO DE LEDESMA": “…Natural de Vilaflor y ayudante de Milicias, se avecindó en La Orotava, donde casó con Josefa Díaz de Lugo y Barroso. De esta unión procedieron: Vicente de Montenegro y Díaz de Lugo y Joseph Montenegro y Díaz de Lugo, nacido en La Orotava, escribano público de número de la isla de Tenerife, de hipotecas, teniente escribano de Guerra, notario Apostólico, de Cruzada, y público de número de este Obispado de Canarias. Casó con María de la Concepción Castro, hija de Joseph de Castro y Margarita Quintero.
Joseph de Montenegro y Díaz de Lugo adquirió y acrecentó durante su matrimonio muchos bienes raíces, entre ellos: la casa de su habitación, que compró al presbítero Antonio Cosme del Álamo, el 11 de diciembre de 1753, propiedad que entonces confinaba, por el naciente y por arriba, con sitio y casa del doctor Francisco Román Machado y Lugo; por abajo, con la casa y sitio de los herederos de María de Mesa, que fue de Carmenati; y por el poniente, la calle que comúnmente llaman del Agua. Montenegro desbarató esa vivienda y la hizo de nuevo, «altas y sobradas y muradas por sus patios». Además, en Realejo Alto, Joseph de Montenegro compró la finca de El Albornoz, y en La Orotava fue adquiriendo, de diversos propietarios, terrenos en el Rincón de Abajo, hasta formar la hacienda de El Ancón. En su testamento, enumera Montenegro los varios altares y capillas que, por el encendido espíritu de su religiosidad, había fundado, y los objetos valiosos que adquirió para solemnizar el culto a los santos de su devoción. Principia con un retablo que en honor a san Juan Nepomuceno había erigido, muy joven aún, pues lo mandó fabricar hacia 1730, y dice que «lo pintó y compró cuanto era preciso para celebrar el Santo Sacrificio de la misa y decencia de dicho altar en la Parroquia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción», Posteriormente, en 1768, al ser demolido ese templo parroquial para hacer uno de nueva planta, trasladó dicho retablo a una capilla en la iglesia del convento de San Nicolás, de monjas de Santa Catalina y, siempre fiel de San Juan Nepomuceno, «le hizo un cojín también de plata con borlas y mitras de lo mismo, para que sirva anualmente a sus funciones».  Erigió, en el convento dominico de San Benito, la capilla de Ánimas, merced a una escritura otorgada en 18 de octubre de 1747 ante Cayetano Lorenzo Núñez, por el prior y los religiosos de ese monasterio, con autorización del prelado superior y su consulta. Por ese contrato los frailes cedieron a Montenegro el espacio que «en lo antiguo servía de portería, con dos arcos de piedra en él para que desde luego fabricase una capilla, exigiera y levantara un altar, en el que colocara un cuadro de las ánimas benditas del Purgatorio, con el privilegio el dicho don Joseph y doña María de la Concepción de Castro, su mujer, de patronos titulares de dicha capilla, con el que pudiera fabricar entierros, sepulcros o bóveda. Que el referido y su heredero en el vínculo que había de formar y que formó desde entonces en la citada escritura de esta pieza pueda tener y tenga llave o llaves para abrir y cerrar él o los suyos a la hora que quisiera las puertas que había de formar en la expresada capilla. Que también pudiera hacer puerta en todo el hueco que corresponde a la capilla del santo Ángel de la Guarda, para comunicación con la citada iglesia del expresado convento con llave que había de reservarse y franquear prontamente siempre que la necesitase para este fin el significado don Joseph de Montenegro, como patrono y cualquiera que le representase, queriendo entrar por ella a dicha iglesia, y con el privilegio que siempre estuviera franca esta puerta a cualquier  persona particular que quisiera se dijera misa en el altar de dicha capilla». En el documento antedicho se añade: «Sin que
 (los dominicos) puedan usar las alhajas y cosas de ella, ni sacadas con algún pretexto, sin licencia de los patronos». A la capilla de Ánimas se le pusieron dos puertas a la plaza, cuyas llaves quedaron desde entonces en poder de Montenegro, y otra tercera puerta en el hueco que comunicaba con el interior del templo y, por él, con el convento, cuya llave guardaron los dominicos.
Joseph de Montenegro fue asimismo muy devoto y aun  mayordomo de la cofradía de Nuestra Señora de los Dolores y de Jesús Nazareno, que se veneran en el convento de San Benito Abad, y encargó de su caudal una admirable cruz de carey embutida en nácar con remates de plata a la filigrana.  Esa  preciosa cruz la guardaba en su casa, en un cuarto preparado al efecto, y solamente la cedía para la festividad anual. Quiso que sus sucesores la continuaran prestando, si bien la recogieran luego y volvieran a colocada en el mismo lugar, con el cuidado y celo que él lo había hecho, sin que los religiosos de este monasterio pudieran poner ningún inconveniente en ello.
De Joseph de Montenegro, se conserva un retrato al óleo en la ermita de El Ancón. En él aparece su figura grave y serena, viste casaca oscura, de gran prestancia, sin ninguna clase de adornos, lo que hace destacar el rostro, de penetrantes ojos negros, y la gallarda estampa del fundador de esta capilla. Por la época y el estilo, puede ser obra de Cristóbal Áfonso. Montenegro falleció el 8 de julio de 1789, se afirma que no pudo recibir los sacramentos por tener vómitos y sólo se le administró la sagrada extremaunción.
Fue sepultado la mañana del día siguiente en la capilla de Ánimas que, a su costa, había fabricado en el convento de San Benito. Para testar en su nombre había autorizado, el 19 de junio de 1788, a su sobrino Juan Nepomuceno de Montenegro y Ocampo, abogado de los Reales Consejos, examinador sinodal de este Obispado y beneficiado rector de la iglesia parroquial matriz de Nuestra Señora de la Concepción de la Villa de La Orotava, poder que ratificó ante Ángel Ginori y Viera, escribano público, el 25 de junio de 1789. En uso de esa autorización compareció Juan Nepomuceno de Montenegro ante Ginori, el 12 de octubre de ese mismo año de 1789, para testamentar en nombre de su tío ya difunto. En ese documento se asegura que, al carecer el testador de hijos, nombraba por su universal heredero a Críspulo Restituto de Montenegro y Ocampo, su sobrino carnal, y a la esposa de éste, Gervasia Alayón y Castro, sobrina carnal de su mujer, María de la Concepción Castro, por habérselo prometido al tiempo y cuando celebraron matrimonio. Deja por usufructuaria de todas sus pertenencias a su viuda, para que las goce, haga todos los beneficios convenientes en dichos bienes, redima sus pensiones y cargas, y a su muerte pasen a los mencionados Críspulo y Gervasia, para que los posean vinculados, conforme a lo convenido. Asimismo ordenó que, pasado el tiempo necesario, se extrajesen sus huesos para ser conducidos a la ermita de Nuestra Señora de Montenegro en El Ancón, y colocados en el sepulcro que había construido, en medio de dicha capilla, a los pies del altar. Sin embargo, no tenemos constancia alguna de que se realizara este deseo. Gracias a una inspección verificada el 5 de febrero de 1789, conocemos que ese oratorio de Nuestra Señora de Montenegro estaba en perfecto estado.  María de la Concepción de Castro, viuda de Joseph de Montenegro, sobrevivió un lustro a su marido y murió en 1793. Había testado ante Cristóbal Álvarez de Ledesma en 28 de septiembre de 1793 y, además, dejó firmada de su puño una Memoria testamentaria que confió al presbítero Pablo Alayón, su sobrino. En sus últimas voluntades manda que su cadáver, sea amortajado con el hábito del patriarca santo Domingo de Guzmán, y sepultado junto al de su esposo en la propia capilla de Ánimas del convento dominico, que se le haga idéntico funeral que a su marido e igualmente se apliquen quinientas misas por su alma.
 En su Memoria declara que durante su matrimonio se compraron todos los bienes raíces y muebles mencionados en el testamento de su marido, por lo que no necesita insistir en ellos. Fuera de eso, manifiesta que llevó en dote una guarnición y dos adarmes de oro y perlas, y algunos muebles de menaje de casa, con dos libras de plata. Lega a su hermana Gabriela de Castro y a las hijas de ésta, Josefa y Francisca Calzadilla, sus sobrinas, tres fanegas de trigo de la renta pagaderas de sus tierras de El Albornoz, una en cada uno de los días de las tres Pascuas de Resurrección, Pentecostés y Navidad; media pipa de mosto anual, del que se vendimia en la hacienda de El Ancón, y la mitad de la cosecha de los morales plantados en ella; además de los frutos que produce la media huerta que hace Francisco Milreales, en lo alto de esta Villa, en la que tiene la casa de su habitación. Esas donaciones deben entenderse por la vida de las tres, y faltando alguna de ellas suceda en las otras, hasta que fallezca la última, momento en el que el heredero quedará libre de esas cargas y pensiones. Asimismo, lega a sus citadas dos sobrinas, Josefa y Francisca, una docena de sillas de las que tiene en la sala principal de las casas de su habitación, media docena de las que están en la pieza del estrado y una caja de cedro a cada una de ellas; un escritorio grande, de los que están en la sala y otro más pequeño que está en el cuarto inmediato; cuatro cornucopias, ocho sábanas, dos de lienzo fino y las seis restantes de lienzo común, cuatro almohadas finas y dos colchones, con cuatro fundas, cuatro mesitas, dos de las que hay en el estrado y dos de las que existen en su casa, además de otros enseres.  Deja a Antonia de Oliva el usufructo de la mitad de una casa situada en el Llano de San Sebastián, la misma cuya otra mitad le había legado testamentariamente su marido, y ordena se le entreguen algunos muebles y ropa, en gratificación por su buen comportamiento y la ayuda que le prestó en sus enfermedades, en el largo tiempo que estuvo a su servicio.
Igualmente, dona quince pesos a su sobrina Josefa de Castro, hija de su hermano Tomás de Castro, y ordena a su albacea entregue a los otros hijos de ese hermano suyo un donativo para vestidos, conforme a su juicio y con arreglo a las existencias. Asimismo deja a Petra Ginori y Alayón, hija de Ángel Ginori y Viera, y de su sobrina Dorotea Alayón, treinta pesos, para que los destine en remediar alguna falta. La testadora ruega a sus herederos conserven a Francisco Febles como medianero en la hacienda de El Ancón, y especifica los regalos que han de entregársele a él y a sus hijas. María de la Concepción de Castro ordena, además, otros donativos a sus restantes deudos conforme a los servicios, necesidades y el afecto que les había profesado en vida. Nombró por albaceas a Críspulo de Montenegro, al capitán José García de Llarena Carrasco, caballero del Hábito de Santiago, y al doctor Pablo Alayón Salcedo, abogado de los Reales Consejos, para el cumplimiento de todas las disposiciones contenidas en su testamento y en la Memoria, a todos tres juntos y a cada uno insolidum para la cabal realización de dichas instrucciones. Seguidamente, nombró por su única y universal heredera a Gervasia Alayón Salcedo y Castro, su sobrina, mujer legítima de Críspulo de Montenegro, con la condición de que si falleciese sin dejar descendencia vengan entonces a sucededle, en esos bienes, los hijos legítimos de Pablo Alayón Salcedo y de Antonia de Castro, su cuñado y hermana, y en sus representaciones, para que se reparta y dividan con igualdad entre ellos…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

DOÑA ÁGUEDA PÉREZ GONZÁLEZ, EN EL RECUERDO



Alocución leída en el homenaje que le atribuyeron sus históricos vecinos en un restaurante de la Orotava, el día 3 de febrero del año 1996, por motivos de sus 90 años. Falleció diez años después a los 100 años en el 2006.

Querida Doña Águeda, su memorando es muy admirable, si es que concuerda con la honradez de sus noventa años; pero, por lo contrario, si se aleja de ellos, porque cuanto más cumplas se hace más espléndido el revivir de todos nosotros. Es preciso reconocer, ante todo, si deberíamos hacer lo que usted se mereces o si no deberemos; porque no es de ahora, ya lo sabes, el hábito de prevalecer en una porción de la ya histórica calle orotavense El Calvario (Calle El Calvario, calle de referencias históricas, su calificativo según Tomás Méndez Pérez le viene del añejo Calvario que los franciscanos construyeron en 1669, en ámbito de la dehesa comunal, cedido por Data del Cabildo a la Orden Tercera Franciscana. En antaño era la primordial vía de entrada a la Villa, puesto que en El Calvario terminaba el camino Real, que comunicaba a La Orotava con la Laguna y Santa Cruz, comenzó a denominarse así siendo Alcalde Mayor el licenciado Don Francisco Espinosa y León), tradición que tengo de sólo ceder por razones que me parecen justa, después de haberla reconocido detenidamente. Aunque algunas me sean discrepantes, no puedo abandonar las máximas de que siempre he hecho en nacer, jugar y vivir en el segmento intermedio de nuestra querida calle; ellas me parecen siempre las mismas, y las mismas las honro de igual forma que antes.
Amigas, amigos, ex-vecinas, ex-vecinos; yo no voy a comenzar con aquella frase tan sabida de que “no soy el mas indicado para hablar en este momento”, porque me creo, si no el más, si uno de los más indicados. Estoy desde la lejana infancia y adolescencia, oyendo nombrar a esta señora, hoy abuela, expectante bisabuela, alrededor de la cual hoy nos sentamos para que sepa que estamos cerca de ella. La infancia y adolescencia son edades maravillosas, y están hechas de cosas vagas e inconcretas, y cuando la contagian paisajes hermosos y madres sensibles y buenas, cobra una fuerza con la que más tarde caminará más segura. Con la infancia y adolescencia de muchos ha tenido que ver esta querida madre del antiguo camino de El Calvario villero, porque según testimonios de mis hermanas mayores, en la azotea de su casa se apiñaban jóvenes inquietas a “desfaginar” el millo; Carmita Trujillo, Carmenlola Galloway, María y Cita, Maruchi y María Candelaria Castro, Carmen y Josefina Álvarez, sus hijas Ana, Ninina y Chicha. Acompañándoles unos muchachos algo traviesos; Francisco Castro, Juan Carlos Arencibia, Tito Galloway, Tino y Pepe Santos, y su hijo Pepito. Y en la mansión del balcón medio gótico de la acera enfrente, el impertinente Máximo “Castro” organizaba su Semana Santa, con una auténtica exposición de Pasos Procesionales en el cuarto que llamaban el “del papel”, por ser donde su querido padre Lorenzo Hernández Castro depositaba los pliegos de su imprenta. Semana Santa esplendorosa, porque la sala “del papel”, tenía unas estanterías con anfiteatro y escalera para su acceso. Celebrando en ese noble lugar la entrada del Cristo de La Columna del Sevillano Pedro Roldan a la encantadora plaza de nuestro Ayuntamiento, o el encuentro de la plaza del Teatro con el Nazareno de Santo Domingo que formalizaban en el patio de dicha casa. Esto si que fue una verdadera joya de arte, porque Máximo hacia de “su” Semana Santa un resplandor disfrazado con mantillas, peinetas y velas incluidas, sólo le faltaba la banda de música del maestro Berenguer, que casi no la tiene gratis, para culminar su verdadera diversión, porque la magnanimidad de toda esta recreación aniñada daba la vuelta a la manzana de vuestra calle El Calvario. Si usted no me das argumentos más dinámicos, debe de persuadirse de que yo tengo muchos, aunque muchos de los que estamos aquí tienen los suyos. Pero ¿cómo verificaremos esta reminiscencia de  manera feraz? Recordando quizá nuestras antiguas rutinas, conociendo una rectitud testimonial: que mi querido padre Juan fue su padrino de Boda, en el altar del Señor Preso del templo parroquial y Matriz de Nuestra Señora de la Concepción villera, boda madrugadora celebrada silenciosamente a las ocho de la mañana.
Amigas, Amigos; yo sé que Doña Águeda, sencillamente la madre Águeda, la abuela Águeda, ha vivido una vida de grato y dulce recelo: de grato y dulce recelo espiritual. Pudo tomar de las adolescencias que tan cerca tuvo, la expansiva alegría que le es propia, y dio a esas infancias y adolescencias tan necesarias de ilusión en el destino, un contenido de belleza y también de ilusión. Yo no quisiera que esta fuese solamente una reflexión mía, sino que me gustaría ser el intérprete de otras reflexiones iguales, porque así es como las palabras tienen sentido. Por eso quisiera que bajo ese aspecto de misión delicada y generosa viéramos a esta señora, porque esas misiones no son fáciles, y cuando de veras son puras, dan, en vez de posesiones, entretenimiento y alegría. Para vivir hay que ser y sentirse alegre como aconsejaba el filosofo Ortega y Gasset, que es una alegre manera de aconsejar la bondad. De si ha habido razón para decir que hay aquí ciertas opiniones que debemos respetar. Puedo decir aquí, que, con Doña Águeda convivió una mujer  asistencial, auténtica menestral, benévola, de gratos recuerdos para todos nosotros “Mercedes Arocha”, !mandados para arriba¡, !el cargar del agua para abajo¡ !y no sé que más¡.   Reitero....,   !una auténtica peregrina del llevar, del traer, del acompañar, del alegrar, y sobre todo del descubrir la complacencia a las jóvenes moradoras del lugar¡ Doña Águeda, deseo, pues, reconocer aquí contigo, el enredo singular de los entonces niños “majaderos”; un servidor, Carmelito Santos y Miguelito Santos, de repente he descubierto que, fue un juego infantil al aire libre, en mucha ocasiones saltando los muros, patios, huertos y tejados de nuestras casas colindantes, no siendo en el fondo más que una necesidad, un juego de niños con mentalidad de proeza. Deseo, pues, volver a examinar aquí, contigo, a mis cuarenta y cinco años(la mitad de los tuyos), si este principio era maravilloso, ya que siento un recuerdo inquietante de tu hermano Pepe, “Pepe el de Kiosco”, - que casi me manda un tablazo con una viga, asentada en su patio para arreglar el interior de la casa de Maruca y Aurora -, por observarlo desde mi azotea, no recuerdo si me acompañaba Carmelito o mi primo Enrique(Quique), cuando se afeitaba en el patio a través de un pequeño espejo. O el recuerdo verídico del decir “sin novedad en el frente”, cuando le preguntaba a tu marido también con el apelativo de Pepe, por el arreglo del frontil de tu casa (casi no se acaba), y la introducción hacia el interior de aquella polémica escalera que salía hacía la calle. Es cierto, si yo no me engaño, que entre las opiniones de los que estamos aquí con usted las hay con dignas de la más alta estimación. Aquella calle, digo aquella, porque ahora no se parece en nada, creo que le parece esto bien dicho. Porque, según aquellas gloriosas apariencias humanas, que formalizaban el cercenar de la calle; y que le voy a evocar, a propósito, y para su reivindicar, que enfrente de su casa se atinaba: el Bazar de Doña Chana, la familia Luque, las Canarias con el cántico de Luisa bajo la atenta mirada de Juana y Pino. Doña Sole y “su” Maximino en sus sillones por fuera de la puerta errabundos esperando por Covadonga “La Palmita”, la rígida y excelsa Doña Margarita, la botica de Don Pompeyo Martínez Barona después Joyería de Gabriel Llano, el bazar y la imprenta de la familia Castro con el humor chillón de Angelita, el sosiego de Mamalola en su balcón y el recuerdo de Mamamina, debajo la oficina del Agua Norte, así como el bullicio de Lala y Carmilla muchachas de la Casa de Don Pedro y Doña Ciriaca Fuentes. Por arriba el bucólico carrito de Aurora y su anciano padre ex - guardia civil donde adquiríamos los chicles Bazooka a perra cortados a mano con una navaja, el inquietante Bar - Restaurante  de la familia Fariña, el bazar de Doña María Jesús, la barbería de Manolo Toste que después fue churrería de Manolo el “ochenta y ocho” el del Circo, La Campana y la adquisición de monumentales zapatos para las celebraciones, el bazar primero de la vieja Armenia y después de Don Antonio Gutiérrez, Las Afortunadas morada de las tachas grandes y pequeñas para hacer los gallineros. Por abajo María Cruz atenta a su establecimiento y Leonor con su huerto al miramiento de Doña Magdalena.
Siguiéndole tu inolvidables hermanas Maruca y Aurora casi siempre reunidas con Lala y Fela Álvarez Oramas y Magdalena García, mi madre María y mi tía Consuelo (Tata para todos), Doña Lola la de Vicente Lucas leyendo en la ventana las noticias de la prensa con el periódico invertido, al parecer las oía por la radio ( por cierto ya tiene noventa y cuatro años hay que felicitarla directamente si está con nosotros y si no, que se le envíe un gran recuerdo cariñosamente a su destino, y que no se enfade con Loly y Flory), Doña Edelmira, su anciana madre María y su tertulia en la ventana con Dª. Concha, esposa de Sandalio, Dª. Mercedes, esposa del Dr. Buenaventura Machado, sus sobrinas Rosalba, Genoveva y Antoñita(Linares), su hermana Enriqueta y las alborozadas Cristina y África, los Arencibias y su mansión misteriosa que se debió conservar (retaguardia de Andrea llamando por Fela y su hermano Tono o por los hermanos Pepe y Carlos, que se criaron allí), la casa de las viejas misteriosas que capitaneaba Manuel donde se asentaba el pánico, Doña Mercedes Buenafuentes con su grandioso patio de perros, gatos y algún otro roedor, La tapicería de Pepe Hernández Quevedo, Doña Manola de Fariña velando por Beba y Manolito, Los Suministros de mi padre Juan, Isabel la de Santiago el camionero, y Aniceto el de las macetas esposo de María cocinera de los Arencibia. Todo esto no le hace usted variar su felicidad; píenselo, pues, bien. Con razón hemos sentado que es preciso estimar las opiniones de todos los que estamos aquí con usted, y que no de todos indistintamente, sino de muchos. ¿Que dices a esto? ¿No le parece indudable? Aquí he sentado este principio; Porque es también recuerdo, una noche honesta, aquella rubia coche de color gris propiedad de su marido Pepe !olvidó poner el freno de mano¡y la rubia se fue sola por aquella calle abajo, chocando con el primer árbol del Llano, no pasó nada embarazoso, quedando el coche empotrado en el arbusto. Esa noche de tinieblas, estrellas y Luna llena nos reunimos todos en pijama alrededor del percance para luego remolcar la furgoneta a su punto terminante. Pero no sólo su marido Pepe sufrió este contratiempo, porque el espíritu aventurero de Juan José Arencibia (tacorontero hasta la médula) pidió “prestado” a su marido, su coche, y en su huida, lo “depositó” sobre el gallinero de Doña Mercedes. Estoy seguro que no desorbito las cosas y quisiera que todos las vieran como yo las veo. Puedo hablar de ello por varias razones: porque estuve cerca de aquella mansión, sin darme cuenta entonces; porque aprendí mucho de usted y de las madres del lugar, que tuvieron la gentileza por divisa y la bondad y sencillez por norma, y porque mi infancia y adolescencia recibió el generoso y alegre impacto de ellas. Permíteme que por un momento hable de cosas personales, pero tomadas como apoyo y razón para lo que con ello quiero expresar. Porque en su venta se congregaban los amores y muchos secretos de la época, los novios, los casamientos y otros muchos misterios. Recuerdo una gran concentración de la pandilla de chicas y chicos de aquella gentil venta, para realizar una expedición a pie por la cumbre de Izaña a Candelaria, dirigida por el amigo Francisco Castro. Las clases de ingles para las chicas, que tenían como profesor a Domingo Antonio Méndez, primero la impartían en la biblioteca de mi padre y después por mis ruindades, se trasladaron al comedor de las vecinas Maruca y Aurora. Las magistrales veladas que organizaba su hija Chicha con nosotros en el zaguán de mi casa, que hacía de mago con auténtica adivinaciones. Los madrugones de las muchachas para ir a misa de Luz a San Juan, así como las prisas para presenciar las novenas de la Milagrosa en Santo Domingo, o el acechar de las bodas ilustres y aristocráticas de La Concepción, huyendo de Don Manuel Díaz Llano, El disfrute del circo Cubati en Franchi Alfaro, la preparación de los trajes de magos para participar en el cuadro infantil de Don Gustavo Dorta, mejor que mejor, el auténtico saque de honor de su querida Carmen (Ninina) como brillante madrina de aquel potente equipo de fútbol juvenil a olor de campeones, “El Plus Ultra” de Nazario Castro(Chile). Ninina tuvo muchos compromisos pero al final se queda con el perspicaz de Don Paco, o la rivalidad de los equipos de fútbol de La Orotava y el Puerto, con un protagonista demasiado sedicioso “Soriano” que después pedía la mano de su hija Ana María.
Entonces yo no sabía lo que la calle de El Calvario en ese encogimiento había sido como esencia histórica y humana, gracias a eso tuvo para mí el valor de principio.  Uno es, sin saberlo, descubridor de mundos, aunque uno de esos mundos se oculte en un Valle que tiene su cosmogonía y su canción de paraíso. Yo descubría todo eso de un modo repentino, con asombro y sorpresa. Acaso en soledad, en triste soledad, porque los hados también disponen de la soledad del hombre. Porque cuando aparecía en mi casa Carmen la pescadora del Puerto a traer el sabroso pescado fresco a mi padre Juan, yo me desconsolaba por el Atún de lata, que me gustaba más por la antipatía a las espinas, casi siempre iba a tu venta  a por el fiado de Ana María, le pedía el sabroso solomillo de atún en lata, le decía que me lo apuntara, yo a precisar de mi infancia, no sé quien lo pagaba, si mis padres o los duendes de aquella calle. Recuerdo el sabor de aquellos mantecados que tenían una almendra en la médula, valían una peseta de las rubias, además era encantador la obtención de media peseta en aceitunas de tus auténticas barricas. Ese era el contorno, el vasto contorno, porque la calle, es decir, la calle de El Calvario de la mitad arriba, desdoblaba mesuradamente su vivir ordenado y recóndito, atenta más a sus hondos latidos que a su desperezo vital, sujeta, esclava, sumisa, pendiente de aquel orden y de aquella mesura, tocada por un señorío arcaico y armónico. El grupo de su señorío no formaba una congregación ni ninguna sociedad o comunidad, pero si unos nombres que te detallo a continuación; Don Germán (El Alemán), Don Emilio Luque (El Topógrafo), Don Pepe Fariña, Don Manuel Hernández, Don Antonio Gutiérrez, Don Felipe González, su esposo Don Pepe Pérez, Don Maximino Álvarez(Empleado Civil del Observatorio de Izaña que en sus desplazamientos oficiales a Santa Cruz, utilizaba el coche oficial como “Pirata de taxi” invirtiendo en el trayecto, Orotava - Santa Cruz, casi tres horas), Don Antonio Santos(Platero), Don Vicente Santos(Chófer), Don Pepe Pérez (Pepe el del Kiosco), Don Juan Álvarez Díaz (el de la gasolina), Don Lorenzo Hernández Castro (Impresor), Don Vicente Delgado(Lucas), Don Jorge Linares, Don Pedro Fuentes, Don Pepe Arencibia, Don Rafael Arencibia, Don Leopoldo de la Fuentes(Militar), Don Manuel Fariña, Don Santiago Oramas(Camionero), y Don Aniceto(Albañil, no recuerdo sus apellidos). Este es también otro descubrimiento. Solo más tarde se vio la perfecta conjugación entre médula y envoltura, entre cuerpo y atmósfera, entre cuerpo y latido, pero hasta tanto eso se supo, se había hecho el descubrimiento de esas madres, de esta madre. Porque se permitía la imprudencia de mi niñez, y la de mis recordados colegas; Carmelito y Miguelito, pues de tantas travesuras le rompíamos los bajantes de los desagües a Maruca y Aurora, jugando al fútbol en la acera casi perpendicular a mi casa. Y esto, repito, es la reminiscencia de una madre que era un producto de aquel aire y de aquella mesura, de aquel señorío venerable y agradable. Y distinguí tanto a esta mujer que cumple noventa años, aunque ella no lo supiera, sencillamente porque acababa de darle sentido a mi descubrimiento. Hoy puedo decir que Doña Águeda es un puro producto orotavense, y por eso mismo estamos aquí, porque nos hemos dado cuenta a la hora en que estas cosas se hacen evidentes: cuando el tiempo dice su verdad. Nuestra Águeda cumplía con la misión de ir jalonando la vida y andadura de la calle de El Calvario y de ir animando toda esta descripción con su presencia alegre y generosa.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL