jueves, 27 de julio de 2017

ALBOROTOS EN LA OROTAVA, EN EL AÑO 1718



José Viera y Clavijo el realejero de formación enciclopédica: poeta, novelista, químico, naturalista, moralista, pedagogo, traductor, historiador. El realejero autor de la Historia de Canarias, una obra de élite equiparada a un monumento cultural de tal magnitud que no sólo hace honor a las Islas, sino también a toda la historiografía española. El Arcediano Viera, evidentemente relataba alborotos que se produjeron en la entonces Villa de La Orotava, decía que, volviendo Don Diego Navarro del puerto de Santa Cruz de Tenerife, la tarde del 17 de enero de 1718, y encontrando a medio camino a dos regidores, los detuvo para suplicarles retrocediesen a la ciudad chicharrera, pues deseaba juntar a los miembros del ayuntamiento, en aquella noche a fin de abrir un pliego por el rey. Reunidos todos los integrantes con efecto, y cuando la sala aturdida esperaba la lectura del pliego, se oye a Don Diego Navarro, levantando la voz, ponderando los vehementes recelos con que se hallaba de que le querían embarcar violentamente. Atónitos los regidores, y más que todos el corregidor Don Jaime Jerónimo de Villanueva, le requiere, diga sobre qué fundaba semejantes sospechas. Él nombra un sujeto que lo había oído a otro.
Acuerda el Cabildo, entre sus providencias, que se le haga saber al general, quien, llamando al día siguiente ambas citas, se ratifica la una, la otra niega. Aunque parecía que las precauciones que se tomaron serían suficiente para sofocar cualquier meditado alboroto, se notó que desde las ocho de la noche vagueaba demasiado el pueblo por la ciudad. El mismo general y el corregidor salieron a rondar las calles con una gran patrulla. Y descansando de la fatiga en la plaza de los Remedios, sin haber descubierto el más leve rumor, cuando a las diez de la noche les avisaron que por la calle inmediata que sube de San Juan se vislumbraba con la claridad de la luna alguna gente amotinada. Dispone Landaeta que, dejando Navarro su habitación, que estaba en aquella plazoleta, se pasase a la del mismo capitán general, y su familia de mujeres a la del marqués de Acialcázar. No bien se había ejecutado así, cuando aparece por la plaza un descomunal alboroto integrado por tres mil personas de la ciudad y lugares contiguo gritando ¡Viva Felipe V! y pidiendo se les entregase al virrey (así llamaban en las aldeas al juez delegado), no para hacerle estrago, sino para que saliese de la territorio.
Apoderado el pueblo de la casa de Navarro e impetuoso por no encontrarle en ella, le roban los papeles. Registran el albergue del regidor, las cárceles, el convento de Santo Domingo, las casas de Acialcázar, en donde sólo hallaron la atribulada familia. Escalan los balcones de las torres de las parroquias; tocan a fuego; aumenta el número de gente y el escándalo; corren a casa del capitán general, y el general, haciendo que Navarro se conformarse a dejar las islas y que franquease los papeles más reservados, lo presenta al pueblo, lo conduce a caballo al puerto de Santa Cruz, lo embarca en una lancha que estaba preparada y le lleva a bordo de un navío francés que ya le esperaba a la vela. ¿Quién no ve en esta serie de acciones la fuerza motriz de tan gran violencia? ¿Quién pudo hacer que el pueblo no temiese al capitán general, siempre tan temido? ¿Quién pudo suministrar granadas de fuego? ¿Quien dejó de castigar las pasquinadas? ¿Cómo tuvo avisos Don Diego Navarro de las maquinaciones que había y no los tuvo Don Ventura de Lanaeta? ¿Cómo ronda este jefe toda la ciudad, menos el barrio en donde se habían agavillado tres mil hombres? Quién, en fin, podía tener pronta lancha y un navío extranjero prevenido? A la verdad, ninguna de estas reflexiones se ocultaba a Don Juan Antonio Cevallos, cuando decía en su famosa exposición al rey, que corre impresa: “La precisa oposición de los capitanes generales por separarles de las comisiones y, consiguiente, todos sus dependientes, otros suministros y gente de comercio hecha a los abusos establecidos es lo que dio aliento a la expulsión de Navarro”.
Lo cierto es que el rey mandó separar de Islas a Landaeta, por más que el ayuntamiento de Tenerife le hubiese servido con un informe favorable, y que vivió y murió olvidado en la Península. Fuese la infeliz suerte de este hombre, o que fatal estrella que influyó sobre las Canarias en el año 1718, lo cierto es que se multiplicaron los alborotos entre los más pacíficos pueblos. En la isla del Hierro hubo una enérgica conmoción. En la Villa de la Orotava se experimentó otra no menos memorable. Desde el día veinte y cinco de febrero amaneció un cartel en la esquina del convento de Santa Clara (hoy plaza del Ayuntamiento) que decía: “Recurre este afligido pueblo al señor teniente”. Evidentemente en la Villa de La Orotava, se pedían cuatro cosas: I.- Que se fabricarse cárcel pública y se dejase libre el granero de la alhóndiga. II Que no se consistiese extraer de aquella jurisdicción autos ni presos. III Que se hiciese una fuente o pila para tomar el agua con más aseo. IV Que se repartiese el vino en las tabernas con más orden. Este cartel, arrancado por el alcalde mayor el licenciado Don Alonso Pérez de León y Bolaños, vuelto a fijar la noche siguiente por una cuadrilla de cincuenta hombres, dio motivo a que se convocase el pueblo para una junta el 5 de marzo. Fue tan profuso que, por no caber en la ermita de San Roque, se pasaron a la iglesia inmediata de San Agustín. Aquí se mostró tribuno de la plebe Don Juan Delgado Temudo, vicario foráneo, que, subiéndose al púlpito como a la tribuna rostral, arengó, declamó, abusó de las santas escrituras y leyó otro papel que le había dirigido el pueblo. En éste añadían nuevos particulares: Que se reintegrase la alhóndiga, pues, debiendo tener dos mil fanegas de trigo, sólo tenía catorce. Que el Cabildo de La Laguna hiciese entrega a La Orotava de los propios de su distrito. Que se repartiese el vino en las tabernas sin intervención de la justicia. Que se recogiese el agua sobrante en un depósito. Que lo que de ella y de los propios se recaudase, se había de consignar para abrir un puerto, fabricar una cárcel, un hospital, una parroquia.
Temudo aseguraba que el pueblo lo mandaba así, como si fuese el pueblo de Atenas. ¨ ¿Y quién es ese pueblo?” replicaban las personas de juicio. El vicario, sañudo, las manda sacar de la iglesia. Entonces los acontecimientos, la vocinglería, la confusión. Para ello se nombraron tres apoderados, entre ellos el mismo Temudo, por cuyo influjo continuaron los cedulones, las protestas y las gavillas. Declinando en alboroto la noche del primero de Abril. Una tropa del plebe, capitaneada por un ayudante de milicias, escala la torre de Nuestra Señora de la Concepción; tocan a rebato; se juntan a más de mil quinientas hombres; corren a las casas del alcalde mayor; quebrantan las puertas; huyen; le buscan en varias partes; no le encuentran y, parando en casa del alférez mayor y coronel Don Francisco Valcárcel, le intiman, apuntándole con algunas bocas de fuego, que junte el regimiento y marche con ellos en solicitud de Bolaños, del escribano Álvarez, de los papeles de la alhóndiga y junta de San Agustín. Excusase el coronel; registrándole la casa; llevándole adonde había un nuevo pasquín y se lo hacen leer en voz de pregonero. Pedían que saliese Bolaños de la Villa, por enfermo y poco letrado, y el escribano, por demasiado hábil e inquieto.
Entre tanto el vicario bajó al puerto de La Orotava, no sin bastante estudio. Pero al amanecer le destacan doscientas hombres, quienes, encontrándole en la sacristía de San Francisco revistiéndose para celebrar, cargan con él en brazos y, gritando ¡Viva nuestro vicario!, le transportan al llano de San Sebastián, en donde estaba todo el pueblo. Dejase ver Bolaños. Ofrece abandonar la jurisdicción, obedeciendo a la ley del ostracismo, si bien los más se contentaban con que diese palabra de cumplir cuanto se le ordenase. Parte de allí la chusma loca con tambor batiente a Las Caletas del Puerto. Talan viñas, demuelen casas, arrancan árboles, arrasan mojones, todo bajo pretexto de que aquellas tierras debían ser baldíos comunes para pastar ganados.
Duraron estas turbaciones algunos días, hasta que, restituido a la villa como un triunfo el alférez mayor, que se había retirado a Los Realejos, tomó Bolaños providencias más vigorosas, publicó bandos, pidió auxilio militar a los coroneles, hizo rondas y despachó avisos al capitán general. Éste llegó a La Orotava el 5 de Abril, acompañado de mucha oficialidad, después de haber hecho poner sobre las armas el regimiento de Los Realejos y un trozo del de Güimar. Extrajo de la Villa de La Orotava algunos revoltosos y todo fue insensiblemente calmado. El cobarde Bolaños no daba cuidados a Don Ventura de Landaeta.
Esta referencia casi espitolar introducida en la Historia de Canarias, por el realejero Viera y Clavijo, incansable personalidad de la cultura isleña, dinámico Arcediano que pone un increíble afán en contar acontecimientos sucedidos en nuestra país Canario. La obra de Viera no es un mensaje que se escude en la metaforiza del verso, o en el ensayo esquivo, ni en los cuentos inanes de leyendas al uso antiguo. Su obra es toda una épica de la vida misma de su propio país, de tal forma que las Canarias se proyecta como pueblo que participa del dolor y de la alegría humana, al tiempo que contribuye a que la universidad del espíritu culto de los hombres sintonice con los nuevos tiempos y con los nuevos rumbos de los nacientes valores, dando a conocer pensamientos y tendencias de actitudes originales, y también ante la generosidad de muchas personas de nuestra región. Nos afirmamos cada día más en la fe de la existencia, de la solidaridad entre todos los hombres y pueblos de la Tierra, sin distinciones de color, raza, religión, lengua o de creencias filosófico-políticas. Tanto es así, que cuando las instituciones de las sociedades humanas, y los centros culturales están en manos activas, honestas y progresistas, de personalidades, los pueblos, y con ellos los hombres, tienen necesariamente que caminar hacia la luz y hacia el conocimiento de sus propios destinos, y también hacía la verdad en especial cuando el Mundo se resquebraja, cuando el hombre se vuelve incipiente y cobra actualidad para los intelectuales, que no pueden hacer lo del avestruz, sino aventurar y arriesgases a hablar, pese a los sinsabores. De cualquier modo, todo el que conoce la obra de Viera y Clavijo, y le sigue interesando, es conveniente que se siga documentando sobre ese apóstol realejero que nos lego un gran legado histórico puramente canario.
Resaltar el, silencioso y honesto, de José Viera y Clavijo, ilustre realejero. Un selecto escritor con la erudición de quien ha ejercido Cátedra Literata, que diseña sus escritos con la armonía del escritor más exigente y de la mejor aristocracia de las letras, rescatando efemérides que corresponden al depósito ancestral de nuestro pueblo, de este pueblo canario que precisa de estudiosos veraces e independientes y de cronistas universales de la esencia de lo escrito, para que en el diario acontecer de la intrahistoria a lo vivo se puedan ir descubriendo parcelas de una cultura sumergida en la trama social del desconcierto que ha conformado la diversidad geográfica insular, que con frecuencia nos ha enfrentado a la carencia de una memoria histórica.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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