viernes, 22 de septiembre de 2017

EL GUARDIA URBANO



La fotografía corresponde según el amigo ANDRÉS CHAVES relatado en su crónica en el Diario de Avisos del domingo 10 de julio del 2022, al periodista: “… Paco Pimentel escribía como los ángeles y se bañaba más bien poco. Decía que la grasita que criaba el cuerpo era buena para su protección. Su única obra, Santa Cruz la nuit, fue una crónica modélica de la vida de una ciudad. Era guardia municipal y, en una época de absentismo laboral, lo pasaron de oficinas a dirigir el tráfico en el mercado…”

 

El amigo de la infancia de la Villa de La Orotava;  EVARISTO FUENTES MELIÁN “ESPECTADOR” remitió entonces (09/03/2013) estas notas que tituló “GUARDIAS URBANOS”: “…En los primeros años cincuenta del siglo XX había una docena o más de guardias apostados en sus tarimas en el centro de la calzada de los principales cruces de calles de Santa Cruz de Tenerife. Aunque llevaban como un apósito sobre su testa un paragüitas circular, a mí me daba pena a veces de los guardias que, con el calor bochornoso de Santa Cruz, tenían que estar sobre la tarima sin casi mover las piernas durante un par de horas cada guardia, en las que solamente  movían los brazos y manos indicando stop y adelante a vehículos y viandantes en todas direcciones.

Luego llegó el primer semáforo que hubo en todo Tenerife (mediados los años cincuenta) que fue en el cruce de la calle Castillo con Valentín Sanz o calle del Norte. Y los mal llamados (algún día diré el por qué) magos del Norte, cuando visitábamos Santa Cruz nos paseábamos hasta al muelle y hacíamos  una parada en los escaparates de esa esquina para mirar disimuladamente al semáforo cambiando de color... Pero en cierta ocasión  a mi amigo Pepe Limón (el nombre es falso) lo vio mi otro amigo Jaime Peláez y se vaciló de él, cuando iba Pepe Limón hacia el muelle deprisa como un tonto a ver los barcos. 

Pues bien: en La Villa de La Orotava de aquellos tiempos, por mimetismo o por copiarse de la Capital, los del ayuntamiento pusieron una tarima con su guardia en el cruce de la entonces incipiente avenida de José Antonio con la calle del Calvario. Pero en cierta ocasión, llegó una guagua de las grandes desde la avenida a torcer hacia la izquierda, o sea, hacia arriba, hacia la plaza de La Alameda, y tropezó una rueda trasera en el filo o borde de la tarima y la rompió. ¡No se llevó también al guardia por delante de milagro de Dios!

A esta anécdota pónganle el cuño, queridos lectores, aunque ya queda poca gente viva que pueda contarla…”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

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